Si quieres que yo te quiera
me pones fianza,
que de tu querer no me fio
sentrañitas mías
que eres muy falsa
La niña de los peines
- Dame Doblones (Tangos)
Si quieres que yo te quiera
me pones fianza,
que de tu querer no me fio
sentrañitas mías
que eres muy falsa
¿Se pide reforma de una providencia?
El juez supone que se trata sólo de una obcecación del amor propio o de una argucia dilatoria.
¿Quedan los autos sobre la mesa para resolver?
Los Abogados dan por averiguado que el juez no los mirará.
¿Se escribe conciso?
Es que el Abogado no estudia, sino que sale del paso.
¿Se escribe largo?
No será por exigencia del razonamiento sino por ansia de engordar la minuta.
¿Perdemos el pleito?
¡Claro! De tales influencias gozó el contrario sobre el Juez.
¿Le ganamos sin las costas?
Ya que era imposible que nos quitasen la razón, sirvieron al adversario o a sus padrinos haciéndole ese regalo.
¿Le ganamos con costas?
No había más remedio, pero, así y todo, los considerandos no nos llenan.
¿Reconocemos que hasta está bien escrita la resolución?
¡Pues no será del juez, sino del secretario, que es más listo!
Por estas y otras niñerías estuvo preso, aunque, según a mí me han dicho después, salió de la cárcel con tanta honra, que le acompañaron doscientos cardenales, sino que a ninguno llamaba eminencia.
La esposa de un distinguido caballero de Medina, “muy honesto, rico y honrado” que había desaparecido sin dejar rastro, acudió personalmente a la Reina para pedirle ayuda entre sollozos.
Tras ordenar que se investigase lo sucedido, Isabel averiguó que se tragaba de un homicidio. El autor fue desenmascarado: se trataba del caballero Alvar Yáñez de Lugo, quien, con un notario público como cómplice, había planeado apoderarse de la fortuna de la víctima.
Con tal fin redactó Alvar Yáñez una escritura, en virtud de la cual todos los bienes y hacienda de aquel hombre pasarían a pertenecerle por derecho.
Para elevar la falsa escritura a documento público, el criminal avisó a un notario, el cual, por ligereza o amenazas de Alvar Yáñez, hizo lo que éste le pedía.
Acto seguido, para librarse del perjudicado por la escritura, Alvar Yáñez encargó que lo mataran y lo enterró en el corral de su casa.
Descubierto así por la justicia, el criminal fue condenado muerte en un juicio.
Tratando de salvar la vida, el reo, que era también un hombre rico, ofreció a la Reina “quarenta mil doblas, en oro” para la guerra de Granada.
La oferta pasó al Consejo Real, y hubo consejeros que se mostraron partidarios de aceptarla, amparados en la gran necesidad de dinero para proseguir la reconquista. Pero Isabel no lo consintió: rechazó la oferta, “prefiriendo la justicia a la pecunia”, al decir de Lucio Marineo Sículo.
La sentencia del juez incluía la confiscación de los bienes del condenado, que pasarían a la Hacienda Real.
Pero la Reina, para dejar constancia de la verdadera justicia y “evitar toda nota de avaricia”, no aceptó los bienes confiscados sino que se los cedió a los hijos del caballero despojado y muerto.
El hecho causó gran conmoción en todo el Reino.
La única solución era ir a los Carabinieri y poner una denuncia de “sustitución de estatua”.
Se dispara la búsqueda y el autobús es bloqueado por la policía de carreteras en la autopista del Sol, a las puertas de Arezzo. De la bolsa de monseñor Rosati se saca la estatuilla que es requisada y entregada al obispo de aquella ciudad.
El sacerdote se encuentra con tres denuncias: violación de domicilio, robo y apropiación indebida.
Cuando el deudor no daba satisfacción o presentaba en su lugar alguna caución, el Rey lo adjudicaba al demandante, que lo trataba como esclavo. Durante los sesenta días siguientes, se exponía tres veces en el mercado, en donde se preguntaba en alta voz si había alguien que se compadeciese de él. Pasado este plazo los acreedores tenían derecho a matarlo y a distribuirse su cuerpo, o venderlo como esclavo al extranjero a él, sus hijos y sus bienes, o a retenerlo definitivamente como esclavo.
Allí están dispuestas las lanzas, la espada, el verdugo, el garfio que desgarra, el potro que estira, el fuego que abrasa, siendo más numerosos los suplicios para atormentar el cuerpo humano que miembros tiene éste. Y, ¿quién viene en ayuda en medio de estos suplicios? ¿El abogado? Si él es el primero en prevaricar y engañar. ¿El juez? Si se deja sobornar vendiendo la sentencia. El magistrado que se sienta en el tribunal para condenar los delitos, él mismo los comete y, a cambio de condenar a un reo que es inocente, él mismo se hace culpable. Los delitos están por todas partes y en todas las formas de pecados se impone la iniquidad a través de mentes depravadas. Uno cambia un testamento, otro falsifica una escritura bajo fraude del título; por un lado se les quita a los hijos la herencia, por otro dan sus bienes a extraños; el enemigo acusa, se levanta una calumnia y el testigo declara falsamente. De cualquier parte acude gente atrevida que prostituye su palabra para inventar crímenes y de este modo mueren los inocentes y no los culpables. No hay respeto a las leyes, ningún temor al fiscal o al juez. No se teme lo que puede comprarse. Es ya un delito ser inocente entre los malos, y el que no les imita los ofende. Las leyes se hacen conforme a los pecados y empieza a ser lícito lo que es oficial.
(pues la calumnia tiene fuerza para conmover hasta el alma más tranquila, mayormente si trae visos de daño en la fortuna)
«Ya que esto no es un mero ejercicio retórico, sino historia de nuestro tiempo, es fácil ver lo que realmente ocurrió», dice el fiscal del Estado italiano. «En algún lugar secreto, donde todo secreto queda envuelto en otro secreto, algún personaje político de relevante poder advirtió esta gravísima situación y, teniendo en cuenta las necesidades esenciales del bloque del Este, decidió que era necesario matar al papa Wojtyla».
Con muchísimo respeto
os he de ahorcar ¡vive Dios!
Por Dios alcalde mayor
no pegue usted a los ladrones
porque usted tiene una niña
que roba los corazones.
Pero acaso aún más grave que esta falta de porosidad del hombre español es la insuficiente porosidad del alma femenina española. He dicho una atrocidad -pero no la he dicho al azar y por escape. Con ello he anunciado una campaña sobre el modo de ser de la mujer española que emprenderé tan pronto como en el aire puedan las palabras circular libremente. Será una campaña nada halagüeña y muy penosa para mí. Siempre me ha repugnado el frecuente personaje a quien oímos decir constantemente que se cree en el deber de esto o de lo otro. Yo me {he} creído muy pocas veces en deberes durante mi vida. La he vivido y la vivo casi entera empujado por ilusiones, no por deberes. Es más: la ética que acaso el año que viene exponga en un curso ante ustedes se diferencia de todas las tradicionales en que no considera al deber como la idea primaria en la moral, sino a la ilusión. El deber es cosa importante pero secundaria -es el sustituto, el Ersatz de la ilusión. Es preciso que hagamos siquiera por deber, lo que no logramos hacer por ilusión. Pues bien, esta campaña sobre el tema -la mujer española- es demasiado áspera, para que sea una ilusión -será al contrario un sacrificio- y por caso insólito, me creo en el deber de hacerla tras largos, largos años de meditarla. Creo que de todas las cosas que en nuestra vida española necesitan radical reforma, tal vez ninguna se halla tan radicalmente menesterosa de ella como el alma femenina. Y para quien cree, como yo, que la mujer interviene en la historia fabulosamente más de lo que se cree y se sospecha y por vías constantes, irresistibles y sutilísimas, es cosa palmaria que no pocos defectos capitales, persistentes de la existencia hispánica, cuyo origen se busca en las causas más abstrusas, provienen sencillamente de la insuficiente feminidad española. La faena tan enojosa, tan peligrosa de decir esto, me siento obligado a tomarla sobre mí, aun previendo las consecuencias harto incómodas que para mí traerá. Como ven ustedes también en este punto discrepo absolutamente de los discos oficiales. Soy poco galante -pero hay que acabar con la galantería, hay que superarla como la modernidad y el idealismo que fueron su clima, hay que avanzar hacia formas de entusiasmo por la mujer mucho más enérgicas, difíciles y ardientes. Nada va pareciendo hoy más extemporáneo que el gesto rendido y curvo con que el caballero bravucón de 1890 se acercaba a la mujer para decirle una frase galante, retorcida como una viruta. Las muchachas van perdiendo ya el hábito de ser galanteadas y ese gesto en que hace treinta años rezumaban todas las resinas de la virilidad, les sabría hoy a afeminamiento.
Pero la palabra nunca fue dicha, y el momento pasó para siempre.
Toda inocencia es paradisíaca. Porque el inocente, el que no duda ni malicia sospecha se encuentra siempre como el hombre primitivo y el hombre antiguo, rodeado por la naturaleza, por un paisaje cósmico, por un jardín –y esto es paraíso. La duda arroja al hombre del paraíso, de la realidad externa. ¿Y dónde va este absoluto Adán que es el pensamiento cuando se ve arrojado del cosmos? No tiene dónde meterse, tiene que agarrarse a sí mismo, meterse en sí mismo. Del paraíso que es la atención a lo externo del niño va al ensimismamiento, a la melancolía del joven. La Edad Moderna es melancólica y toda ella, más o menos, romántica. San Agustín fue el primer romántico, formidable, gigantesco en todo, inclusive en su romanticismo, en la capacidad de angustiarse, de atormentarse a sí mismo, de picotearse el propio pecho con su curvo pico de águila imperial católica y romana. ¡A Adán paradisíaco sucede gemebundo Adán ensimismado! Y es curioso recordar que, en efecto, según el Génesis cuando Adán y Eva son desterrados del jardín –lo primero que descubren es sus propias personas. Caen en la cuenta de sí mismos, descubren la existencia de su ser y sienten vergüenza porque se encuentran desnudos. Y porque se descubren así se cubren con pieles. Noten ustedes: aquí el cubrirse es consecuencia inmediata del descubrirse. Por lo visto, cuando el hombre encuentra su conciencia, su subjetividad comprende que ésta no puede existir a la intemperie, en contacto con lo exterior, como la roca, la planta, ni el bicho sino que el yo humano lo es porque se separa del contorno, se cierra frente a él. El yo es ser encubierto, íntimo y el traje es el símbolo fronterizo entre lo que yo soy y lo demás. Pero he dicho que aquí el cubrirse es consecuencia inmediata del descubrirse. He dicho mal. Entre lo uno y lo otro se intercala otra cosa. Adán al descubrirse se avergüenza de sí mismo y porque se avergüenza se cubre. Lo que es inmediato, una y misma cosa con descubrirse es avergonzarse. ¿Qué significa esto? ¿Es la vergüenza, en serio, la forma como se descubre el yo, es la auténtica conciencia de sí mismo?
Bien está que Perogrullo colabore pero conviene evitar que firme la conclusión.
El mayor fracaso de la democracia occidental es su hábito de basar de forma negligente las acciones legales en informes falsos.
Cualquiera puede decir cualquier cosa sobre cualquier persona y el poder judicial y las salas de justicia tienen tendencia a actuar basándose en informes tan falsos que hasta un niño podría darse cuenta de la mentira.
(…) Esto mina la seguridad personal y lía todo el sistema judicial con procedimientos interminables e innecesarios.
Estos factores de por sí ocasionan que gente inocente esté sujeta a los ataques de la prensa, a los procedimientos judiciales, a gastos sin fin y a vidas arruinadas.
(…) Este es, de hecho, un nuevo descubrimiento filosófico en el campo de la jurisprudencia. La enorme importancia del informe falso al destruir la estructura social de una nación y de su causa, no ha sido comprendida.
(…) Uno de los factores que amenazan los derechos humanos es el informe falso. Sin embargo, no existe un recurso práctico adecuado. ¿Juicios por difamación? Olvídalos. Cuestan más de lo que nadie puede permitirse, lleva una eternidad intentar llevarlos a cabo y dejan al público con los informes falsos aun cuando se gane el juicio.
Sólo los mediocres copian. Los genios roban.
Dense cuenta que estamo viviendo una vida mundiana que no merese la pena vivir. Porque es mui bonita la vida y tu ties que fortaleserte y tener clonpleta fes en Dios y en ustedes mismo. Con simpatía y cariño. De este que lla es libre.
Camarón
Hay una forma muy simple de proporcionar una justicia pronta, rápida y barata para toda la población.
Todo lo que se necesita es NOMBRAR JUEZ A CADA ABOGADO TITULADO DEL PAÍS.Deja a todos los jueces existentes tal y como están, pero haz que se ocupen solamente de los casos de apelación.
Juez Francis J. Quincannon:
Ahora nos diremos la verdad, toda la verdad.
¿Quién quiere hablar primero? Muy bien, empezaré yo. Como ya saben, según el señor Owen fui el responsable de la muerte de Edward Seton.
Es completamente cierto.
Era un hombre inocente que luchaba por su vida, no tenía nada en su contra, yo sólo quería arruinar la reputación de su abogado… quien perdió el caso, y su cliente… perdió la vida.